Yo, Lucía: una historia para encontrar el lugar propio

Por David J. Rocha Cortez

La apertura del Acto 2 de la Temporada 2026 del Teatro Luis Poma estuvo a cargo de Yo, Lucía, producción de Teatro al Viento dirigida por Paola Miranda e interpretada por Sara Sol, Mariam Santamaría y Giselle Campos. El espectáculo propone un recorrido por la vida de Lucía, una joven que se encuentra con distintos momentos de su propia historia. A través de una estructura cercana al flashback, la obra nos conduce desde su infancia en un hogar para niños huérfanos hasta un proceso de reconocimiento que la lleva a dialogar con su propia memoria.

La dramaturgia construye un viaje impulsado por una búsqueda fundamental: el deseo de Lucía de encontrar una familia. Desde la segunda escena de la obra, el personaje emprende una travesía marcada por la necesidad de responder preguntas que atraviesan buena parte de su existencia: ¿de dónde vengo?, ¿a dónde pertenezco?, ¿quién soy? La obra articula estas inquietudes mediante una estructura dramatúrgica en la que distintos episodios del pasado aparecen como fragmentos de un rompecabezas identitario. En este sentido, el encuentro con su pasado no constituye únicamente una revisión de recuerdos, sino un proceso de construcción de sí misma. La memoria aparece entonces como un territorio que debe recorrerse para comprender quién se es. Más que una historia sobre el reencuentro con el pasado, el espectáculo propone una exploración sobre la necesidad humana de pertenecer: encontrar una familia para encontrar también un nombre, una historia y un lugar desde donde reconocerse.

Si hay un elemento que sostiene buena parte de la eficacia escénica de Yo, Lucía, es la partitura física, o sea la secuencia cuidadosamente organizada de movimientos, desplazamientos y acciones que permite narrar la historia a través del cuerpo. Teatro al Viento ha desarrollado a lo largo de los años una investigación centrada en las posibilidades expresivas del cuerpo, y esta producción continúa esa línea de trabajo. La obra construye sentido a partir de una elaboración técnica basada en la precisión de las acciones, la composición espacial y la coordinación entre las intérpretes. Cada desplazamiento, transición y cambio de personaje parece responder a una lógica coreográfica que organiza el flujo de la narración. Esta precisión resulta particularmente importante en una puesta donde conviven actuación, animación de objetos, teatro de sombras y manipulación de figuras planas.

Uno de los aspectos más interesantes del montaje es la integración de recursos provenientes del teatro de títeres y de formas animadas. La obra incorpora sombras chinescas, objetos animados a la vista y figuras planas que se fusionan con los cuerpos de las intérpretes. Cada una de estas técnicas produce una textura diferente dentro del espectáculo y amplía las posibilidades de representación.

Las sombras ocupan un lugar particularmente relevante. Más allá de su función narrativa, permiten la construcción de imágenes que condensan emociones y pensamientos difíciles de expresar únicamente mediante el lenguaje verbal. En algunos momentos, los personajes parecen quedar atrapados dentro de esas proyecciones; en otros, las sombras se convierten

en extensiones de sus recuerdos. El resultado es una serie de composiciones visuales que aportan una dimensión lírica al relato y que permiten al espectador acercarse a la experiencia subjetiva de Lucía. También resulta significativo el uso de objetos animados. La sombrilla convertida en rostro o los elementos planos que completan personajes como el policía o la recepcionista del FAMI generan un diálogo constante entre cuerpo y objeto. Cada técnica aparece asociada a una función dramática específica y contribuye a la construcción del universo de la protagonista. El espectáculo parece recordarnos que la imaginación es capaz de transformar los materiales más simples en mundos posibles.

A partir de aquí me surge una pregunta: ¿estamos frente a una obra para infancias? La respuesta no es tan sencilla. En el contexto teatral salvadoreño, muchas veces se agrupan bajo la categoría de teatro para niños espectáculos muy diversos, sin considerar las diferencias existentes entre las distintas etapas del desarrollo infantil y juvenil. Sin embargo, Yo, Lucía parece dialogar con otro tipo de espectadores.

Por un lado, la temática central gira alrededor de la construcción de la identidad y del encuentro con la propia historia. La idea de regresar a la niña interior, revisar experiencias pasadas y comprender cómo estas influyen en el presente conecta de manera más directa con las adolescencias y juventudes. Son públicos que atraviesan procesos de definición personal y que suelen preguntarse por el lugar que ocupan dentro de sus familias y comunidades.

Por otro lado, la obra aborda asuntos que continúan siendo sensibles dentro de nuestra sociedad: el abandono infantil, las formas de violencia que atraviesan a la niñez, las distintas configuraciones familiares y las consecuencias emocionales de crecer sin vínculos estables de cuidado. Estos temas aparecen integrados al relato sin convertirse en una lección moral ni en un discurso pedagógico explícito. Forman parte de la experiencia vital de Lucía y de las preguntas que el personaje se formula sobre sí misma.

Es cierto que el espectáculo opta por un cierre que ofrece una resolución relativamente clara a los conflictos planteados. Desde algunos enfoques del teatro para primeras infancias se suele debatir precisamente la necesidad de evitar soluciones cerradas y favorecer experiencias abiertas, donde el niño complete sentidos desde su propia percepción. Sin embargo, cuando pensamos en primeras infancias, la situación cambia. En esta etapa, las historias suelen funcionar también como herramientas para procesar emociones complejas.

Más allá de estas discusiones, uno de los principales méritos de la obra consiste en ampliar el horizonte temático de las producciones dirigidas a jóvenes audiencias. Hablar de abandono, violencia infantil o fragilidad afectiva implica poner en escena experiencias que muchas veces permanecen silenciadas. El teatro se convierte entonces en un espacio donde esas realidades pueden ser nombradas, observadas y compartidas colectivamente.

Yo, Lucía no renuncia a la dureza de ciertos aspectos de la realidad, pero tampoco queda atrapada en ellos. La obra encuentra un equilibrio entre lo concreto y lo imaginario, entre la experiencia dolorosa y la capacidad de crear imágenes que permitan comprenderla desde otro lugar. Las sombras, los objetos y los cuerpos funcionan como herramientas para comprender el dolor y para construir una experiencia sensible alrededor de ello.

En tiempos donde la velocidad suele imponerse sobre la reflexión, Yo, Lucía recuerda una de las capacidades más valiosas del teatro: la posibilidad de inventar mundos para mirar el nuestro de otra manera. Y en ese ejercicio, el encuentro con la niña que alguna vez fuimos termina convirtiéndose también en una invitación para el público, termina siendo una invitación para volver la mirada hacia aquello que permanece vivo dentro de nuestras propias historias.