El hombre más viejo del mundo o la obstinación de seguir soñando

Por David J. Rocha Cortez

Entre hospitales, recuerdos, sueños y personajes que parecen desplazarse entre la realidad y la imaginación, El hombre más viejo del mundo propone un viaje hacia algunas de las preocupaciones que acompañaron al escritor Roberto Armijo a lo largo de toda su obra. La pieza, presentada por Proyecto Talía en el marco del Acto II de la temporada 2026 del Teatro Luis Poma, dedicado a la dramaturgia salvadoreña, ofrece la oportunidad de reencontrarse con una de las voces más singulares del teatro nacional y con una escritura donde la reflexión filosófica convive con la poesía, el humor y la extrañeza.

Para acercarnos a esta pieza conviene recordar dos corrientes teatrales que transformaron profundamente la escena occidental después de la Segunda Guerra Mundial: el existencialismo y el teatro del absurdo. Ambas surgieron en un contexto marcado por la violencia, la destrucción y el cuestionamiento de las grandes certezas que habían organizado la vida moderna. Muchos artistas comenzaron a preguntarse qué significaba ser humano en un mundo donde las respuestas tradicionales parecían insuficientes.

El teatro existencialista colocó en el centro de la escena a personajes enfrentados a la libertad, la responsabilidad y la búsqueda de sentido. Autores como Jean-Paul Sartre y Albert Camus se preguntaron por el lugar del ser humano en una realidad marcada por la incertidumbre y el conflicto. El teatro del absurdo, desarrollado por dramaturgos como Samuel Beckett, Eugène Ionesco y Arthur Adamov, llevó esas inquietudes hacia territorios más extraños y simbólicos, poblados por personajes que habitan situaciones desconcertantes, repiten acciones sin aparente finalidad o buscan respuestas que nunca terminan de llegar. En ambos casos, el escenario se convirtió en un espacio privilegiado para reflexionar sobre la condición humana.

Aunque estas corrientes nacieron en Europa, sus influencias llegaron también a América Latina. En El Salvador encontraron un terreno fértil gracias al trabajo de Edmundo Barbero, quien desde Bellas Artes (1952-1956) y posteriormente desde el Teatro Universitario (1960-1982) de la UES contribuyó a ampliar los horizontes estéticos del teatro nacional. La circulación de autores, obras e ideas vinculadas al existencialismo y al absurdo abrió nuevas posibilidades expresivas para los dramaturgos salvadoreños, particularmente durante la década de 1960. Ese proceso de renovación puede rastrearse en obras como Los ataúdes (1962) de José Napoleón Rodríguez en colaboración con Tirso Canales, Las manos vencidas (1965) de Ítalo López Vallecillos, Luz negra (1965) de Álvaro Menen Desleal, Las escenas cumbres (1967) de José Roberto Cea y Jugando a la gallina ciega (1969) de Roberto Armijo.

Poeta, narrador, ensayista y dramaturgo, Armijo es una de las voces fundamentales de la literatura salvadoreña del siglo XX. Su obra estuvo marcada por experiencias como el exilio, la reflexión política y la preocupación constante por la historia del país. Sin embargo, sus textos teatrales no se limitan a representar acontecimientos concretos. En ellos aparecen personajes, situaciones y espacios que funcionan como metáforas de preocupaciones más amplias relacionadas con la memoria, el tiempo, la identidad y la imaginación.

El hombre más viejo del mundo participa de ese universo. La acción se desarrolla en un hospital donde conviven un anciano soñador, un joven escéptico y una enfermera que acompaña los acontecimientos. Desde esa situación aparentemente sencilla, la obra despliega una reflexión sobre la vejez, la fragilidad humana y la necesidad de encontrar sentido incluso en los momentos más difíciles.

Lejos de construir un drama realista sobre la enfermedad, Armijo utiliza recursos cercanos al absurdo para abrir múltiples niveles de lectura. Los personajes parecen moverse entre la realidad y el sueño, entre la memoria y el deseo. Lo cotidiano se transforma poco a poco en una experiencia cargada de símbolos donde cada gesto puede adquirir nuevos significados.

Uno de los elementos más sugerentes del texto es la figura del anciano. Su presencia puede entenderse como la representación de una vida atravesada por el tiempo, pero también como una imagen de la memoria y de la capacidad humana para seguir imaginando. El personaje habita un espacio marcado por la vulnerabilidad y, al mismo tiempo, por una sorprendente resistencia interior. En él conviven el recuerdo, la esperanza y la necesidad de seguir construyendo sentido.

La puesta dirigida por Juan Barrera comprende esta dimensión simbólica y construye un universo escénico donde los límites entre realidad, sueño y evocación permanecen abiertos. La iluminación, la escenografía y el trabajo visual contribuyen a crear una atmósfera que invita al espectador a completar los significados desde su propia experiencia.

En este contexto adquiere especial importancia el trabajo de Francisco Cabrera, Angie Anariva y Roberto Martínez. Los tres intérpretes sostienen una dramaturgia que exige transitar entre distintos registros emocionales y que encuentra en la sensibilidad actoral una de sus principales fortalezas. Sus personajes permiten que el humor, la ternura, la incertidumbre y la reflexión convivan dentro de una misma experiencia escénica.

La presencia de El hombre más viejo del mundo dentro del Acto II dedicado a la dramaturgia nacional, que unas veces parte del trabajo físico y otras desde autores particulares, permite reencontrarse con una faceta menos conocida de Roberto Armijo y, al mismo tiempo, con un momento decisivo de la historia cultural salvadoreña. Sus obras recuerdan que el teatro también es un espacio donde una sociedad imagina sus miedos, sus deseos y sus preguntas más persistentes. Volver a estos textos significa abrir una conversación entre distintas generaciones de espectadores, artistas y creadores alrededor de temas que continúan formando parte de nuestra experiencia cotidiana.

Quizá por ello esta puesta resulta especialmente significativa. Más allá de recuperar una obra del repertorio nacional, vuelve a situar sobre el escenario una dramaturgia que apostó por la imaginación, la alegoría y la exploración de la condición humana como herramientas para pensar el mundo. En esa capacidad de seguir generando preguntas reside buena parte de su permanencia.