Carta a un actor bajo la luz de sus recuerdos
Por David J. Rocha Cortez
Querido Omar:
El pasado fin de semana asistí a la obra Más allá de la nostalgia, sin dudas, una obra muy tuya. Mientras la veía y me dejaba maravillar por las transiciones entre personajes diversos interpretados por vos, me acompañó una pregunta que todavía no consigo responder: ¿qué ocurre cuando un actor intenta contar su propia vida desde el escenario? No me refiero a la autobiografía como género, sino a ese momento extraño en el que la experiencia personal se cruza con los personajes interpretados durante décadas, en este caso 3 décadas, y ya no resulta posible distinguir quién sostiene a quién. ¿Es el actor quien da vida a sus personajes o son los personajes quienes terminan construyendo la vida del actor?
Durante años te hemos visto transformarte sobre los escenarios salvadoreños. Te hemos visto como anciana, cabaretera, viejo cascarrabias, Santa Claus, tirano, personaje popular o figura clásica. Hemos celebrado tu capacidad para desplazarte entre registros diversos con una naturalidad que pocas veces deja ver el artificio del oficio. Sin embargo, esta vez sucede algo distinto: el actor no sale a interpretar un personaje nuevo, sino a encontrarse con todos aquellos que han permanecido viviendo dentro de él, dentro de vos.
La obra parece una casa abierta después de muchos años. En el escenario, hay hojas secas suspendidas en el fondo, un viejo tocadiscos, un vitral, pequeños muebles, objetos dispersos y una atmósfera de otoño permanente. Todo parece dispuesto para el recuerdo. Pero pronto uno comprende que no está entrando en una casa, sino en una memoria, en muchas memorias. Cada objeto funciona como un archivo afectivo, es decir, como un reservorio de emociones y experiencias donde la memoria permanece adherida a las cosas.
En apariencia, el relato inicia con la evocación familiar, con la casa de los abuelos, con el almendro, con las músicas que acompañaron la niñez. Pero poco a poco el espectáculo desplaza su centro hacia otro lugar. El recuerdo ya no pertenece únicamente a la vida privada, sino también a la vida escénica. La biografía se convierte en biografía teatral. Los personajes aparecen como si fueran familiares lejanos que regresan a visitarte después de muchos años.
Quizá esa sea la intuición más profunda del montaje: un actor nunca vive una sola vida. Cada personaje deja una huella sobre el cuerpo que lo interpreta. Cada gesto aprendido permanece en la memoria muscular. Cada palabra pronunciada sobre un escenario modifica la forma de mirar el mundo. El teatro no es solamente representación; también es experiencia acumulada. Después de treinta años de oficio, la identidad ya no puede construirse únicamente desde la biografía civil. También está hecha de aplausos, camerinos, funciones vacías, maquillaje, giras, errores, improvisaciones y personajes que se niegan a desaparecer.
Pero el movimiento ocurre en ambos sentidos. Así como el actor se transforma por sus personajes, esos personajes también nacen de las vidas que el actor ha vivido. La infancia, la familia, las pérdidas, los afectos, las alegrías y los fracasos terminan filtrándose en cada interpretación. El escenario nunca es un territorio completamente ficticio; siempre está
atravesado por la memoria de quien lo habita. Y es que ahora pienso que Más allá de la nostalgia resulta un espectáculo difícil de clasificar. No es exactamente una confesión ni un ejercicio de memoria sentimental. Tampoco una antología de personajes. Es, más bien, el intento de dibujar un mapa donde la vida y el teatro se confunden hasta volverse inseparables.
Y aunque en escena te vemos solo, desdoblandote en los distintos personajes, sabemos que le teatro no se puede hacer en solitario. Siempre es un arte colectivo aunque no tenga que cargar con sus nostlagias. La escenografía de Óscar Alfaro construye un espacio simbólico donde los objetos parecen suspendidos entre el presente y el recuerdo, a esto le sumamos el trabajo de Gabriel Galego en ese cuido del detalle de las hojas dispersas por doquier. La iluminación de Emilio Merlo y Edwin Villanueva, con sus tonos cálidos y envejecidos, convierte el escenario en una fotografía antigua que por momentos cobra vida. La dirección coreográfica de Eunice Payés dota de precisión las transiciones entre un personaje y otro, mientras el vestuario de Juan Carlos Hernández y la musicalización en vivo de Pablo Jafet sostienen la sensación de estar atravesando distintas capas del tiempo.
Sin embargo, el verdadero dispositivo escénico es tu propio cuerpo, Omar. Es allí donde conviven todos los tiempos de la obra. En un instante aparece la ternura de la infancia; al siguiente emerge Cristal, luego La Celestina, luego Santa Claus. Los cambios no responden únicamente a una transformación externa, sino a una memoria corporal cuidadosamente entrenada durante décadas. Más que representar personajes, el actor parece reencontrarse con ellos.
Y quizás ahí radica la emoción del espectáculo. No estamos viendo a un hombre recordar el pasado. Estamos viendo cómo el pasado continúa viviendo dentro de un cuerpo que todavía puede convocarlo frente al público. Un actor también archiva vidas ajenas. Su cuerpo acumula voces, gestos, silencios y emociones que alguna vez pertenecieron a otros seres de ficción y que, con el tiempo, terminan integrándose a su propia biografía. En Más allá de la nostalgia, ese archivo se abre frente al espectador y nos permite asistir al raro instante en que la vida y el teatro dejan de ser categorías distintas.
El título habla de nostalgia, pero al salir del teatro tuve la impresión de haber asistido a otra cosa. La nostalgia mira hacia atrás. Esta obra, en cambio, parece preguntarse qué permanece cuando el tiempo pasa. La respuesta no está en los objetos ni en las fotografías ni siquiera en los recuerdos familiares. La respuesta está en el cuerpo del actor, convertido en un archivo viviente donde sobreviven todas las vidas que ha interpretado y todas las vidas que hicieron posible esas interpretaciones. Quizá esa sea la verdadera tarea del actor: no fingir otras vidas, sino cuidar todas las vidas que ha vivido para devolverlas al mundo transformadas en teatro. Si eso es cierto, Omar, entonces salí del Teatro Luis Poma convencido de que esa noche no actuaste un personaje más. Actuaste el delicado oficio de recordar.
Fotos: René Figueroa.