Apagón: cuando la oscuridad enciende la comedia

Por David J. Rocha Cortez

El teatro tiene una manera particular de convertir los accidentes en motor dramático. En Apagón, versión dirigida y traducida por Roberto Salomón a partir de la célebre comedia Black Comedy de Peter Shaffer, ese accidente es justamente un corte de electricidad. Lo que podría parecer un problema técnico se transforma en el dispositivo central de una de las comedias más ingeniosas del teatro del siglo XX.

La historia gira en torno a un joven artista visual que atraviesa un momento difícil. Su situación económica es precaria y la posibilidad de vender una de sus obras a un millonario coleccionista podría significar el inicio de una nueva vida. Todo está preparado para la noche decisiva: el estudio ordenado, la obra lista para ser mostrada, la ilusión de que, por fin, la fortuna cambie de rumbo. Sin embargo, justo cuando las cosas deberían salir perfectamente, ocurre un apagón. A partir de ese momento la situación comienza a desordenarse. Las visitas se multiplican, los malentendidos se acumulan y el espacio se convierte en un terreno donde cada movimiento puede provocar una cadena de situaciones inesperadas.

La obra fue escrita por Peter Shaffer, uno de los dramaturgos británicos más reconocidos del siglo XX. Autor también de piezas fundamentales como Equus y Amadeus, Shaffer se destacó por su habilidad para combinar profundidad psicológica con estructuras dramáticas muy eficaces. Black Comedy, estrenada en 1965, ocupa un lugar especial dentro de su obra porque demuestra su dominio de la comedia de situación y del humor físico. La pieza se convirtió rápidamente en un clásico moderno gracias a un recurso escénico brillante: cuando en la ficción los personajes están a oscuras, el escenario se ilumina; cuando en la ficción regresa la luz, el escenario queda en penumbra. Ese juego de convenciones permite que el público observe cómo los personajes se mueven torpemente en la oscuridad, generando una sucesión de equívocos que sostienen el ritmo de la obra.

La versión que presenta el Teatro Luis Poma introduce un elemento particularmente interesante a partir del trabajo de traducción y dirección de Roberto Salomón. Su aproximación al texto no busca “tropicalizar” la obra ni trasladarla superficialmente a otro contexto cultural. Más bien trabaja sobre los significados profundos del texto, sobre aquello que constituye la esencia dramática de la pieza, para encontrar equivalencias que dialoguen con el presente. En ese proceso aparecen algunos giros que enriquecen la puesta.

Un ejemplo de esto es el cambio en la figura del personaje que representa la autoridad familiar. En la obra original aparece el padre de la novia del protagonista, un militar retirado que encarna una figura de autoridad típica de la Inglaterra de los años sesenta. En la versión que vemos en el Teatro Luis Poma ese personaje se transforma en la madre: una eminente doctora cirujana. El cambio mantiene intacta la tensión dramática del original (la confrontación con una figura fuerte y vigilante) pero introduce nuevas capas de lectura y permite que el humor emerja desde otro lugar.

Ahí aparece uno de los elementos centrales de la obra: el efecto cómico. En el teatro, la comicidad no surge únicamente de lo que se dice, sino de cómo se articulan las situaciones.

El humor aparece cuando las expectativas se rompen, cuando un gesto ocurre en el momento menos indicado o cuando los personajes reaccionan de manera desproporcionada frente a circunstancias aparentemente simples. En Apagón, el corte de luz funciona como una máquina que produce esas rupturas constantemente. Cada intento por resolver un problema genera otro mayor, y el público participa activamente de esa convención teatral pues sabe algo que los personajes ignoran y observa cómo estos tropiezan en medio de la oscuridad.

El elenco trabaja justamente para sostener ese delicado mecanismo. La comedia de situación exige ritmo, precisión y un fuerte sentido de trabajo en conjunto, y eso es algo que se percibe a lo largo de la puesta. Naara Salomón y Regina Cañas, dos actrices ampliamente reconocidas en la escena salvadoreña, aportan la solidez de su experiencia con interpretaciones construidas desde una dramaturgia del actor muy precisa. Cada gesto y cada intervención están calculados para que la escena mantenga su impulso cómico.

Óscar Guardado desarrolla su personaje con un manejo eficaz del tiempo interno, entendiendo cuándo sostener una pausa y cuándo acelerar la acción. Paola Miranda despliega una presencia escénica marcada por el trabajo con la energía y el desdoblamiento del personaje, un recurso que en la comedia permite multiplicar las capas de humor. Boris Barraza apuesta por una economía de recursos que funciona dentro del conjunto, mientras que Miguel Amador aparece brevemente hacia el final para un momento de humor físico que se integra con naturalidad al ritmo general del espectáculo.

Entre los actores más jóvenes destacan Analu Dada y Paolo Salinas. Dada interpreta a la joven prometida del protagonista y construye un personaje que podría fácilmente caer en el cliché. Sin embargo, su trabajo encuentra un punto de equilibrio que evita la caricatura y permite que el personaje funcione dentro del engranaje cómico de la obra. Salinas, por su parte, carga sobre sus hombros buena parte del movimiento escénico. Su interpretación se apoya en una partitura de acciones muy claras y en un juego corporal que en varios momentos se aproxima al gag del clown, sosteniendo el vértigo de la situación.

La escenografía, diseñada por Roberto Baiza y Mercedes Barillas, contribuye de manera decisiva a la dinámica del espectáculo. El espacio escénico propone una abstracción del interior del apartamento donde ocurre la acción. A través de contrastes de color y una geometrización marcada del espacio, la escenografía permite que los desplazamientos de los actores generen un movimiento constante dentro de la escena. Esa estructura visual se convierte en el terreno donde se desarrollan los equívocos y donde la comedia encuentra su ritmo.

En Apagón, la comedia se construye como un mecanismo escénico donde cada movimiento importa. El ritmo, la precisión de las acciones y el trabajo de conjunto permiten que los equívocos se encadenen uno tras otro. El público observa lo que los personajes no pueden ver y desde ahí participa del juego teatral. Esa distancia es la que produce la risa: un efecto simple y a la vez muy sofisticado que confirma que, cuando la convención funciona, el teatro puede convertir la oscuridad en una máquina perfecta de comedia. 

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