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Lo que viví con El Rastro

Teatro Luis Poma - jueves, abril 19, 2018

Por Hazel Herrera || Apreciaciones sobre el espectáculo "El Rastro" de Enrique Valencia, Acento Escénica, presentada en el Teatro Luis Poma del 12 al 15 de abril.


Llegué a ver la obra como una espectadora más. Sin saber nada. Miento. Recibí dos opiniones, una de Alejandro y otra de Fernando, ambos coincidieron que era un tema bastante fuerte. Pero no quise averiguar más, aunque he pasado casi cinco años en la universidad, en donde me dijeron que como buena periodista debo investigar el contexto, o lo que se ha dicho, para no llegar en cero.

Me rehusé a saber más, quise encontrarme con la obra cara a cara y sorprenderme y que la obra se sorprenda por verme ahí en blanco, sentada, incrédula. Mientras escribo me doy cuenta que no puedo explicar cómo me sentí: no encuentro una sola palabra que lo pueda envolver todo.

Las luces se oscurecieron y la música comenzó a sonar, sentí un pequeño escalofrío que recorrió todo mi cuerpo. Pensé: tal vez sí debí indagar más para no verme tan desprotegida frente al espectáculo, que se abría paso entre la oscuridad y conseguía hacerme sentir incómoda tan fácilmente.


Los minutos pasaban, todo era confuso. La actriz, Dinora Alfaro, representaba a Luz, una mujer que en algunos momentos parecía una niña, otras veces una mujer que recuerda fragmentos trágicos de su niñez, que todavía continúa sufriendo. Cuenta su historia como una especie de juego. Repite, repite y de nuevo, da pistas de lo que estamos viendo, aunque no se termine de entender completamente. 

Mas temen los que han clavado su hombría en el patio trasero de la inocencia y juegan por años con la cuerda rojiza que dibuja los pasos de una niña que saltando de piel en piel llega obligada a ser mujer, así dice Luz. 

Luz habla como hablan los poemas. Parece que no le importa ser precisa, solo le preocupa sacar lo que tiene atorado en la garganta. Parece que, además, no nos habla desde un tiempo lineal, sino fragmentado. Parece que juega. Nos deja rastros.

El Rastro es una puesta en escena dura. Habla sobre una niña que fue entregada a un hombre que abusó de ella durante 21 años. La historia es fuerte sí, la historia resuena durante varios días dentro de una sí.


No estaba preparada para una obra tan oscura. Quizá estaba acostumbrada a espectáculos bonitos, que no me recuerden el país (y el mundo) en el que vivo, donde nos están violando y matando por ser mujeres. 

Cada 21 minutos una niña está dando a luz en El Salvador y ¿quién realizó la violación? el tío, el abuelo, el papá, el amigo, el vecino. Entonces me pregunto, ¿una obra como esta podría hacer la diferencia?

Me ha dado escalofríos la obra sí, me ha quebrado por dentro sí, pero desperté, abrí bien los ojos y vi el horror a la cara. Vine al teatro siendo una y salí distinta.

Ya no puedo ser la misma.



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