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Eunice Payés: "Cuando soñé Anafilaxis, no la soñé tan grande"

Teatro Luis Poma - jueves, marzo 23, 2017

Por Alejandro Córdova

Eunice Payés es una bailarina, coreógrafa y gestora cultural con una amplia trayectoria en El Salvador, Cuba, México, Estados Unidos, España y el resto de Centroamérica. Su más reciente espectáculo “Anafilaxis” es, como ella lo llama, un perfecto equilibrio entre danza y teatro. Esta entrevista ofrece datos interesantes detrás de su visión como directora de la pieza.



Eunice ganó en el 2010 el Premio Ovación, un reconocimiento de la Fundación Poma para proyectos artísticos en proceso de creación. El resultado fue “Las Ofelias del mundo”, un espectáculo de danza con guiños hacia el teatro en el que se contaba la historia sobre cómo las mujeres artistas desempeñan muchos roles detrás de la escena: madres, compañeras, hijas, hermanas. 

Payés confiesa que la idea para hacer “Anafilaxis” comienza, precisamente, con el Premio Ovación. En “Las Ofelias del mundo” estaban representadas todas las versiones de una mujer: amistad, competencia, maternidad. Era todo un universo femenino con una base biográfica. Extremadamente biográfica.

“Quería hablar de esas contradicciones que tenemos los seres humanos”, dijo Payés. Pues, para ella, no se trata de lanzar discursos sobre el feminismo. Se trata de hablar sobre cómo el machismo afecta a ambas partes: tanto a hombres como mujeres.

“Las Ofelias del mundo” fue su proyecto para hablar sobre las mujeres. “Anafilaxis” es, entonces, su proyecto para hablar sobre los hombres. “Las Ofelias del Mundo” era un espectáculo mucho más de danza que de teatro. “Anafilaxis”, en cambio, es un equilibrio acertado entre danza y teatro.

“Anafilaxis” se presenta en el Teatro Luis Poma por tercer año. Estrenó en el 2013. La dramaturgia fue escrita por Jorgelina Cerritos, la música compuesta por Isabel Guzmán Payés, la actuación, este año, está a cargo de César Pineda y Javier Montenegro (Costa Rica), la producción es de Alexander Córdova y la Asociación Escénica.

Fotografía personal de Eunice Payés en su juventud. Cortesía.

¿Cómo comienza a gestarse “Anafilaxis”?

Ya había trabajado con Asociación Escénica en un primer espectáculo hace varios años. “Los ofendidos” fue un espectáculo de danza contemporánea. César Pineda colaboró con el trabajo actoral con los bailarines. Para entonces, yo iba caminando hacia el teatro. 

Después de esa experiencia, yo le propuse a César hacer algo más. César siempre me dijo que soñaba con que yo lo dirigiera. César ha sido dirigido por todos los grandes directores de teatro de la historia reciente, pero él quería trabajar conmigo. Ya coincidíamos en muchos procesos. Cuando César Pineda trabajó con Teatro Estudio, yo le di clases. Hicimos un pequeño laboratorio de danza, para que los actores pudieran crear su propio movimiento. 

Entonces el proyecto nace entre César y usted, ¿quién se une después?

César me presentó a Rodrigo Calderón cuando lo contrataron como maestro de actuación en el Centro Nacional de Artes (CENAR). Yo, entonces, era maestra de danza en el CENAR. Rodrigo aceptó cuando se lo propusimos. Hubo muchos cuestionamientos. Era una gran aventura. Una bailarina dirigiendo a dos grandes actores. Pero yo me dije “tengo que dar este salto, tengo que lanzarme de este puente”. 

¿Y Jorgelina Cerritos cómo entra al proyecto?

Cuando pensamos en alguien para que escribiera el texto, todos coincidimos que Jorgelina Cerritos era la mejor opción. Escénica la convocó. Ellos hicieron el proyecto. Nos reunimos con Jorgelina. Al principio, como toda buena escritora, ella tenía muchas preguntas. Ella sabía que iba a ser un espectáculo con mucha danza, pero también sabía que no estaba trabajando con bailarines. Por un lado le entusiasmó. Jorgelina es una mujer increíble. Nos ganó a todos, pero me ganó a mí como mujer, como artista, como ser humano.

Cuando se reunieron con Jorgelina, ¿sabían de qué iba a tratar la obra?

Teníamos un pretexto. Queríamos algo para empezar a darle vueltas al tema. No quería una obra feminista, no quería tirar un discurso. Quería hablar de algo humano. Quería hablar de cómo sufren los hombres, porque los hombres sufren. No se trataba de defender al hombre, sino de hablar sobre seres humanos y sus contradicciones.

¿Cómo cuáles?

Yo siempre he creído que todo nace en la familia. Tu hogar te marca para toda la vida. Empezamos a trabajar con Jorgelina. Construimos con César y Rodrigo un par de escenas para que ella se empapara de cosas. Fue cómico porque nosotros nos inventamos frases, pusimos música de Gali Galeano o de Leonardo Fabio, pusimos dos cubos de madera y comenzamos a probar. 

¿Qué cosas tenía claras desde el principio como directora de la pieza?

Vengo de la danza, donde el artista construye imágenes con su cuerpo, construyes poesía desde el movimiento. Yo no quería más que dos cubos de madera en toda la escena. En un principio queríamos videomapping. Queríamos trabajar con Yasser “El monstro”, un artista del videomapping, pero era complicado porque no nos daban los tiempos y, además, el videomapping es bastante caro. 

¿Cómo surge la idea de hacer un laboratorio dramatúrgico para escribir el texto?

Entonces Jorgelina propuso hacer un laboratorio. Ella propuso la metodología. Para nosotros era duro, pues, porque era hablar de nuestras infancias, tocar cosas personales. El método que usa Jorgelina es desgarrador. De hecho, mi familia vio la obra y lloró de ver cosas propias. La familia de César y la familia de Rodrigo también vieron la obra y fue conmovedor. Era desgarrador porque todos los involucrados hablamos de momentos duros de nuestra vida. No es que nuestra infancia no haya tenido momentos hermosos, los tuvimos, claro, pero se trataba de hablar de lo duro, de la violencia, del machismo y la homofobia, de lo inflexible que fue nuestra familia, de nuestra educación tan rígida. 

¿Y cómo fue cuando Jorgelina presentó un resultado?

Ella propuso una obra. Tenía su estilo propio, pero tomó muchas cosas de nosotros. El personaje de la abuela, por ejemplo, tiene mucho de mi historia. Mi abuela fue un personaje crucial en mi vida. La tengo presente como en los cuentos de Gabriel García Márquez. La abuela sentada en la mecedora es una imagen que yo propuse, es un recuerdo de mi abuela que se mecía y yo que me sentaba en un taburete. Mi abuela hacía sus propios puros. Todos esos recuerdos eran, para mí, parte de la obra. 

Creo que Jorgelina estaba enfocada en hacer una dramaturgia para el movimiento. Fue bello, ella entendió que iba a haber mucho movimiento. Hizo un trabajo magistral con frases muy cortas. 

Fotografía personal de Eunice Payés en su juventud. Cortesía.

¿Cómo entra su hija, Isabel Guzmán Payés, a hacer la música de la pieza?

A mi hija le propuse que hiciera la música. Ella leyó la obra y estaba en comunicación con nosotros desde Costa Rica. Le mandábamos escenas por internet para que ella viera cómo avanzaba la obra. Ella trabajó más directo conmigo. Ella me dijo hace poco que la obra la puso en un gran dilema porque ella tuvo que componer un bolero y ella nunca lo había hecho. 

Ella propuso un aria, que es un estilo de música muy duro, muy emocional. Ella me iba dando propuestas y yo le daba aportes. Fue otro laboratorio. Ella compuso una música magistral usando los mismos textos de Jorgelina como letra de las canciones. Unimos una dramaturga y una música de alto nivel, magistral. Isabel, mi hija, cantó textos de la obra ¡y con esa voz que tiene! 

¿Hubo partes de la obra que fueron difíciles de montar?

Costó mucho esa parte donde el padre está hablando y se comienzan a oír tenedores caer o chocar entre sí. Ese es un recuerdo de mi infancia. Yo crecí en oriente, en una casa grandísima. Cuando llegaba mi papá, comenzaban a sonar los trastes que se ponían en la mesa para servir la cena. Generalmente, mi papá daba discursos durante la cena, con toda la familia ahí. Mi padre todavía vive, fue un militar. San Miguel es un departamento de gente muy conservadora, muy tradicionalista, muy fuerte. 

¿Cómo encontró la cualidad del movimiento desde la dirección? ¿Fue improvisación o coreografía?

Hubo de todo. Hubo propuestas de los actores, hubo coreografía mía y hay movimiento libre. Ellos crearon su propia partitura. Ellos tenían que elegir o encontrar movimientos con los que se sintieran identificados. En una escena en la que se habla del bullying y el actor propuso bailar algo de los Backstreet Boys. Javier Montenegro, el actor invitado, canta en escena esa parte. Luego había una parte de limpieza técnica en la que yo, desde la dirección, limpiaba, corregía. 

¿Cómo se siente ahora, después de tres años de montarla?

Hay coreografías mías de las que me siento muy satisfecha. Esta parte en la que van rotando antes de decir sus monólogos. Me encanta que haya movimiento que no sea danzario, que se olvide de que es danza. Hace mucho tiempo decidí hacer espectáculos solamente con talento nacional. Dramaturgia nacional, música nacional, audiovisual nacional, etc. Trabajar con todo el potencial salvadoreño. El Salvador hay mucha gente talentosa. Me siento muy satisfecha. Cuando soñé esto, no lo soñé tan grande.

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